1. Día de la Novena de Navidad


Jueves 16 de diciembre

Lecturas:
Is 54, 1-10. Alégrate tú la estéril, que no dabas a luz.
Salmo 29. Te alabaré Señor, eternamente.
Lc 7, 24-30. ¿Qué salieron a ver en el desierto?
Oh, Divina Pastora, tú eres reina y madre de la familia de Dios en comunión, participación, misión, ¡Protégenos!

El testimonio de Juan el Bautista esta indisolublemente unido a la realización Jesucristo a la “Alégrate tú la estéril, que no dabas a luz”. El profeta Isaías nos habla de la vuelta a la gracia de Jerusalén la ciudad santa y querida por Dios, que, así como la mujer estéril que había perdido el amor primero a causa de sus pecados, de nuevo la esposa repudiada recuperará la fecundidad. San Pablo aplica este texto refiriéndose a la Iglesia, nueva Jerusalén (cf. Gal 4, 27), y la liturgia de hoy lo relaciona al mensajero del rey que anuncia el cambio y canta incesantemente la llegada del Rey: “Te alabare, Señor, eternamente porque convertiste mi duelo en alegría”, y comunica la presencia y el reconocimiento del Cordero de Dios. La Palabra de hoy nos invita a preparar el camino, abriendo el corazón al arrepentimiento y la conversión. Jesús presenta a Juan como el profeta precursor, el que iba a anunciar a todos los pueblos la llegada y presencia del Cordero sin mancha, del Mesías y añade: «En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él.», (cf. Mt 11,11). Desde la designación del nombre del niño, «Juan», que significa «Yahvé es favorable», todo es concreta preparación divina del instrumento que el Señor ha elegido. Juan abre el camino, lo sumerge en las aguas del Jordán y contempla la revelación del misterio del Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo, misterio de Dios Uno y Trino, “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (cf. Mt. 3, 17). Ese mismo Espíritu, que Juan desde el vientre de su madre Isabel en la Visitacion de María aprendió a reconocer en Jesús de Nazaret (cf. Lc 1, 41), es el mismo Espíritu que lo mueve a ir al desierto, a predicar el arrepentimiento de los pecados, a motivar a sus discípulos a unirse a Jesús para dar comienzo al discipulado de la futura iglesia naciente. Al final por fidelidad al mismo Espíritu se enfrenta el martirio preparando el camino pascual. Con Juan el Bautista, el precursor, y la Virgen María, la virgen madre, se realiza la culminación del profetismo, según la obra y gracia del Espíritu Santo, del Antiguo Testamento y se inaugura el profetismo del Nuevo Testamento. Es la realización de la plenitud del tiempo mesiánico, el antes y el después del misterio de la Anunciación. También la Iglesia Familia de Dios por el mismo Espíritu, es heredera del testimonio de Juan el Bautista, y con María de Nazaret, aprende a vivir esta realidad profética del anuncio del Evangelio del Reino, que nos invita a vivir el misterio del Hijo de Dios hecho hombre, descubriendo los lazos de amor filiales y fraternales que nos unen y nos hacen participar de la misión de anunciar la salvación. La B. V. María, por esto, es la mujer de comunión por el Espíritu Santo en la familia de Nazaret y en la Iglesia. Es mujer de participación, dado que desde el comienzo promueve la acción del Espíritu Santo en la cooperación de los fieles, es mujer de misión impulsada por el mismo Espíritu, a visitar su prima Isabel según lo que el Ángel le había dicho y promoviendo en la Iglesia su caminar como discípula y misionera. Ella, madre del Buen Pastor promueve con su gracia maternal y familiar el vivir en comunión, participación y misión para la renovación continua de la Iglesia que al fin y al cabo también somos todos nosotros para recuperar su fecundidad. Para nadie es un secreto que nos urge fortalecer como personas, como familia, como comunidad; la capacidad de entendimiento mutuo, de servicio y de adaptación a los cambios rápidos de nuestra sociedad actual y responder a los retos que se nos presentan, y lograr así ser portadores de unidad en el mundo

¡Divina Pastora, Reina y Madre de la familia ruega por nosotros!


2. Día de la Novena de Navidad


Viernes 17 de diciembre

Lecturas:
Gen 49, 2. 8-10. A ti, Judá, te alabarán tus hermanos.
Salmo 71. Ven, Señor, rey de justicia y de paz.
Mt 1, 1-17. Jacob engendro a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús.
Oh, Divina Pastora, tú eres reina y madre de la familia, ¡Acompáñanos!

La creación que Dios ha hecho del hombre y de la mujer y el creced y multiplicad, son la realidad única que nosotros podemos contemplar en el misterio de Dios revelado a los hombres. El pecado original viene a romper la alianza entre el creador y la creatura, pero la gracia de la salvación renueva generación tras generación la promesa del pacto establecido (cf. Gen 3, 15). Dios no se hace superar en misericordia, siempre encuentra la manera para el volver al redil de la oveja descarriada y enferma. Dios promete la descendencia de un hijo para sus hermanos y “florecerá en sus días la justicia y reinará la paz era tras era” (cf. Salmo 71). Volveremos a ser Familia de Dios La genealogía de Jesús en el evangelio de San Mateo nos presenta la descendencia legal, es decir de las promesas, mientras que el evangelio de Lucas muestra la descendencia natural. Ambas desembocan en la realización del misterio de la encarnación del Hijo de Dios. San Pablo en la Carta a los Gálatas indica: en la plenitud de los tiempos (por obra y gracia del Espíritu Santo), bajo la ley (referencia a José, padre putativo), nacido de mujer (referencia a María, la madre natural de Jesús) (cf. Gal 4,4). En María se une la realidad de la maternidad divina y de la maternidad espiritual de todos nosotros para la promoción del reino de Dios y por eso reina en los corazones de los fieles cristianos y devotos. En el misterio de la Familia Santa de Nazaret, a la sombra del amor misericordioso de Dios recuperamos nuestra esencia, de familia de Dios. La maternidad de María es, como para toda madre, una escuela de cercanía y ternura, de abrazos y alegrías y nos hace sentir a todos nosotros sus hijos. La presencia paternal, cercana y casta de José, esposo fiel de María, de la cual nació Jesús, es fuente de confianza, protección y virilidad para todos. La mirada de la madre, dulce y triste, con una sencilla sonrisa apenas dibujada en sus labios, nunca pierde de vista a ninguno de sus hijos creciendo. Esta es la experiencia orante y contemplativa que se puede originar mirando el rostro de la imagen de la Divina Pastora, que inspira y nos trae la memoria escondida de nuestro sentirnos hijos y hermanos. María es reina y madre de la familia, no de manera distante sino cercana. Ella es “la Madre que abraza al Hijo y, con Él, a todos nosotros sus hijos”. “Todas las generaciones me proclamaran bienaventurada” porque su presencia maternal “nos conoce y nos acompaña con su estilo típicamente materno: sutil y valiente al mismo tiempo; nunca intruso y siempre perseverante en el bien, paciente ante el mal y activo para promover la concordia”. A Ella confiamos el pasado, el presente, el futuro, las alegrías y las angustias de nuestra vida personal y la de nuestro amado país: somos hijos de Dios. La familia de Nazaret nos enseña, con María y como María, como toda familia humana está destinada a vivir el camino espiritual, es decir, con la acción continua del Espíritu para progresar en el día a día. Es un llamado espiritual y pastoral de comunión sobrenatural, y juntos en oración a la luz de Cristo resucitado, un amor exclusivo y libre, un camino del cuidado, del consuelo y del estímulo que puede renovar nuestra convivencia familiar a la luz de la Palabra hecha carne, hecha familia. Igualmente para nosotros, la Divina Pastora es reina y madre del corazón de las familias larenses y de muchos venezolanos que veneran a la B.V. María bajo esta hermosa advocación y han hecho de ella su referencia familiar y social de todos sus miembros en cada generación, por esa la hermosa costumbre de muchas madres que presentan a sus niños y a los recién nacidos, poniéndolos bajo su mirada amorosa y maternal protección, igualmente después del Bautismo sacramento de iniciación cristiana, de nacer en la Iglesia.

¡Divina Pastora, Reina y Madre de la familia ruega por nosotros!


3. Día de la Novena de Navidad


Sábado 18 de diciembre

Lecturas:
Jr 23, 5-8. Mira llega un tiempo, dice el Señor, en que hare surgir un renuevo del tronco de David.
Salmo 71; Ven, Señor, rey de justicia y de paz.
Mt 1, 18-24. He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo
Oh, Divina Pastora, reina y madre de la familia Iglesia doméstica, ¡Visítanos!

Jeremías nos da una predicción mesiánica con el anuncio del germen de justicia, para decirle a los pastores, que dejan perderse y desparramarse las ovejas de sus pastos, que serán castigados por sus maltratos y codicia. Es una promesa de restauración que restablecerá el orden perdido y una promesa de reunificación de los dispersos para que vuelvan a su tierra. En Cristo se cumple esta profecía: Ven, Señor, rey de justicia y de paz. Así Jesús nace en una familia judía heredera de las promesas. Son José y María el comienzo del germen que da lugar al renuevo del tronco de David. La familia es el centro de la revelación mesiánica del Dios hecho hombre. Jesús es concebido por obra y gracia del Espíritu Santo en el seno de María, desposada y prometida a José; al hombre predilecto por ser justo y fiel, descendiente de David, que también recibe del Espíritu la gracia de su paternidad casta. Dios ha querido con la familia santa de Nazaret restaurar el modelo de la imagen y semejanza original afeada por el pecado de la desobediencia. José, el que cumple la ley, recibe la anunciación de su paternidad casta que no prescinde de su virilidad, sino que la realiza en la plenitud de su persona al servicio al Hijo de Dios. Tampoco queda envilecido su deseo de esponsalidad en el cumplimiento de la ley porque el Ángel de Dios revela la fidelidad de María y anuncia la originalidad de la acción del Espíritu Santo. El deseo de ser justo predomina en la conciencia de José y así se mantiene en el discernimiento del acontecimiento misterioso. Cuanto no oraría María para que José comprendiera desde su silencio la Encarnación de la Palabra que ella había escuchado y creído. Escuela para nosotros de silencio, de comunicación, de confianza mutua tan necesario en el hogar de cada día, alimentándose del Pan diario de la Palabra. Ellos se puede considerar el principio que da forma a cada familia como Iglesia doméstica. Ellos vivieron los misterios de la vida escondida de Jesús desde la realidad del hogar, con oración, trabajo, esfuerzo con amor y fidelidad. Realizaron con la presencia del Hijo de Dios el comienzo de la familia consagrada a Dios como signo de la presencia real de Cristo resucitado. Así también cada hogar cristiano dentro de las dificultades, alegrías y esperanzas de toda familia, viven la realización de la promesa de Jesús “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre yo estaré presente” (cf. Mt 18, 20). La familia es una comunidad de amor que se relaciona con la Parroquia Familia de familias desde siempre, así como María, José y el Niño participaban de la vida de la sinagoga e iban al templo, manteniendo en su hogar el respeto a la ley y los profetas celebrando la liturgia domestica que la tradición le pedía. La comunidad apostólica mantiene esta característica familiar fraternal donde “no hay amor mas grande del que da su vida por sus amigos” (cf. Jn 15, 13). Sabemos que en el Nuevo Testamento se habla de «la iglesia que se reúne en la casa» (cf. 1 Co 16,19; Rm 16,5; Col 4,15; Flm 2). Los comienzos de la vida de las comunidades cristianas están marcados por la vida familiar, en algunas de las cuales se fue estableciendo la presencia de las comunidades de fe. Por esto la familia Iglesia Doméstica se integra perfectamente con el sentido general de la Iglesia, Familia de Dios como fermento de comunión y de participación superando, con la gracia que le es propia, el individualismo y el egoísmo. La sacramentalidad de la Familia, Iglesia Doméstica, fundamentada en el sacramento del Bautismo de sus miembros y fortalecida por el sacramento del Matrimonio, se expresa en la lógica de la comunión entre sus miembros y de la reconciliación en el perdón mutuo que se realiza en la cotidianidad de cada núcleo familiar. Contemplando la Santa Familia de Nazaret cada familia es una Iglesia domestica que tiene un llamado a vivir al bautismo de sus miembros para ir al cielo, justamente valorando el significado profundo, eclesial y pastoral del aspecto familiar en la vivencia de cada sacramento. Mirando la Sagrada Familia de Nazaret podemos recoger la dimensión de la familia eucarística y reconciliadora. Es hora de fortalecer nuestro camino de fe, esperanza y caridad en Cristo, partiendo de la realidad familiar común a cada persona, a todo núcleo familiar del modelo que sea, pero apoyados en el misterio de la Sagrada Familia de Nazaret, donde María, Divina Pastora, reina y madre; brilla como mujer, esposa y madre, y sostiene con la gracia de su maternidad divina y maternidad espiritual, a todas las familias del mundo. Frente a un mundo, una cultura, una sociedad en continuos cambios y crisis de valores; la fortaleza de una auténtica cultura cristiana de la familia es fundamental para no perder el norte del camino a la santidad.

¡Divina Pastora, Reina y Madre de la familia ruega por nosotros!


4. Día de la Novena de Navidad

Domingo 19 de diciembre

Lecturas:
Miq 5, 1-4ª. De ti, Belén de Efrata, de ti saldrá el jefe de Israel.
Salmo 79. Señor, muéstranos tu favor y sálvanos.
Hb 10, 5-10. Aquí estoy, Dios mío, para hacer tu voluntad.
Lc 1, 39-45. ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!
Oh, Divina Pastora, reina y madre de los niños, jóvenes y ancianos, ¡Se tú nuestra guía!

La ciudad de Belén de Efrata, es, según lo anunció el profeta, el lugar del nacimiento del Mesías que coincide con los orígenes de la dinastía de David (cf. 1 S 17 12s; Rt 4 11.17. 18-22). De hecho, cuando los reyes magos fueron al palacio de Herodes a preguntar, los sumos sacerdotes y los escribas dieron la referencia de este lugar (cf. Mt 2, 5). También Miqueas comunica otro dato importante: “Por esto Él los abandonara hasta el momento que la parturiente de a luz y el resto de sus hermanos vuelva con los hijos de Israel.”, clara referencia a la madre del Mesías.

Belén, que significa la casa del pan, es lugar humilde de nuestra consciencia humana donde Jesús nace en profundo de nuestro ser, y nos invita a querer hacernos pequeños para el reino de Dios, aprendiendo a vivir escondidos en Cristo, donde aprendemos a hacer de nuestra familia un pesebre, un lugar de encuentro ente niños, jóvenes y ancianos, miembros de la misma familia. El salmo nos recuerda mantenernos siempre en paciente espera para el cumplimiento de las promesas de Dios en nuestra vida: “Señor, muéstranos tu favor y sálvanos”. Pero el plan de Dios solo se realiza cuando se hace su voluntad, dado que eso es el mejor sacrificio que Él acepta. Todo cristiano se mueve entre la primera venida y la segunda venida de Cristo: Lo que es ya pero todavía no es, y esto le da futuribilidad a sus decisiones, actuaciones, intenciones. Aprendamos de esta lección del profetismo que nos prepara al adviento para vivir según el espíritu revisándonos a nosotros mismos y así dejar nacer a Jesús en el lugar de nuestra sencillez y humildad en Cristo. María con premura visita a su prima Isabel compartiendo el misterio de la anunciación: “Dichosa tú que has creído porque lo que el Señor te ha dicho se cumplirá”.

La Virgen María, como mujer de fe; esposa y madre; realiza un fiel acompañamiento en todas las etapas de la vida junto al casto San José, mientras él estuvo vivo. Desde el comienzo ella es fiel discípula y misionera de la Palabra hecha carne y portadora del Espíritu Santo. Todo lo guardaba en su corazón mientras Jesús crecía en estatura y gracia (cf. Lc 2, 51-52).

Unida totalmente desde su corazón al proyecto de vida que se realiza en ella, María presurosamente se muestra cálida, amorosa y servicial con su prima Isabel, que estaba en espera del nacimiento de su hijo, Juan el Bautista. Ya ancianos, ella y Zacarias su esposo, reciben a María con la alegría mesiánica, por lo cual Isabel también queda llena del Espíritu y el bebé brinca de alegría en presencia del Redentor y Señor. Se inaugura la Iglesia en salida, con la visita de la Palabra encarnada a Isabel y Zacarías, porque donde están la madre y el Hijo, está la Iglesia anunciando, llevando la Palabra.

Vemos que se comienza esa atención mariana a los niños, mientras estuvo unos tres meses allá acompañando, la atención mariana a los adultos mayores cuando visita a esta pareja de ancianos comprometidos con el plan de salvación, y está comprometida con su propia juventud al servicio de Dios, cuidando de su juventud maternal y regresando a Nazaret a la espera del cumplimiento del embarazo.

Luego los misterios de Nazaret, de Belén, de Egipto y nuevamente de Nazaret, son escenario de su compromiso junto con San José mientras vivía, de la atención a Jesús niño, adolescente, joven y adulto, y lo sigue ejerciendo con todos nosotros miembros de la Iglesia Familia de Dios y miembros del cuerpo vivo de Cristo. Para esto es necesario tener esa capacidad intergeneracional entre ancianos jóvenes y niños dentro de la misma familia que María muestra al visitar a los dos ancianos Zacarias e Isabel, al ir al Templo para encontrarse con el anciano Simeón y la profetisa Ana.

La Sagrada Familia es un tesoro espiritual con sus experiencias se caracteriza por darle el sentido pastoral y espiritual en estos renglones de la realidad doméstica: viendo en la vida cotidiana que somos una gran familia humana en Cristo; valorando el ser hijos; tomando en cuenta a los ancianos; y el ser hermanos, integrando a todos como una sola familia, dilatando el corazón.

La familia aprende a caminar juntos las etapas de la vida, y comparte la importancia del caminar juntos, de reconocernos compañeros del mismo viaje, pero abriéndonos a considerar también a los que normalmente no están incluidos en las actividades familiares y parroquiales de comunión y participación y misión; para todos junto con María.

La Divina Pastora acoge y es acogida y sigue visitando cada hogar, comunidad y sector de nuestros poblados, ciudades y sectores donde vivimos. Aprendamos de Ella que sigue caminando con nosotros, niños, jóvenes y adultos mayores, en nuestras vidas hasta llegar a la Patria celestial, construyendo el reino de Dios.

¡Divina Pastora, Reina y Madre de la familia ruega por nosotros!


5. Día de la Novena de Navidad

Lunes 20 de diciembre

Lecturas:
Is 7, 10-14. He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo.
Sal 23. Ya llega el Señor, el rey de la gloria.
Lc 1, 26-38. Alégrate llena de gracia.
Oh, Divina Pastora, reina y madre de la familia a defender y proteger, ¡No nos desampares!

La Señal que Dios concede a los hombres para penetrar en el misterio de la Encarnación es el de la virgen que concibe y da a luz un hijo sin concurso de varón, señal que solo se pudo comprender delante de los acontecimientos de la Anunciación, en plena realización de la Palabra actuante y bajo la acción del espíritu santo bajo la mirada del Padre. Misterio de la manifestación plena del Dios Uno y Trino que se da con María y como María.

La virginidad del corazón indiviso, atravesado por la espada de la Palabra que penetra hasta lo íntimo del ser, nos muestra la manera como Dios se hace presente en corazón del hombre, en el tuyo en el mío en el nuestro, y que divide lo bueno de lo malo. La virginidad maternal de María realiza el signo, su corazón es el corazón de la iglesia que anuncia el misterio de su fecundidad esponsal con el rey de la Gloria el Enmanuel prometido, el Dios entre nosotros.

Si la primera venida fue esperada anunciada y madurada su segunda venida es también promovida por el camino de la misma Iglesia donde el Espíritu nos dice: “Ya llega el Señor, levantad las cabezas”.

El ángel lleva la presencia del misterio divino al corazón de María; ella asume el dialogo, la comunicación profunda de la Palabra que se hace conciencia y le habla a su propia conciencia, de lo que se hace palabra del discurso íntimo y familiar y que aprende a interiorizar como hija de Dios: “¿Como va a ser posible eso, si no conozco varón?”. Con María vamos aprendiendo el método inteligente del discernimiento espiritual para diferenciar lo que viene de Dios y lo que no le pertenece, con la revelación de lo que corresponde al Padre, al Hijo al Espíritu en la motivación de nuestras vidas. Insinuaciones del alma mística.

El misterio de la Anunciación del Ángel a María nos reserva varias sorpresas relacionadas con María, en su dimensión maternal física y espiritual. Es la experiencia de la Palabra viva en María, en la familia de Nazaret en la Iglesia familia de Dios.

Por esto María es la que nos muestra el camino de la vivencia de los misterios de nuestra fe, con su mirada hecha de fe y de amor y de gracia y nos enseña a esperar lo que ella vivió en los nueve meses de embarazo de la Palabra de Dios, y ahora a la espera de su segunda venida como Iglesia Familia de la Palabra de Dios.

Ella se compromete con confianza en su enlace esponsal con San José, creyendo firmemente que él también sería fiel en aceptar el plan de Dios. Ella se abre al riesgo de defender con su propia vida la vida de su hijo, el Hijo de Dios y la Iglesia familia de Dios naciente. Un compromiso que ella adquiere, y que luego a lo largo de su vida mantiene hasta la cruz donde nos recibe como hijos. Jesús al expirar luego, envía su espíritu sobre ella, sobre Juan el discípulo amado y las otras mujeres.

María recibe el Espíritu del amor crucificado de su Hijo y asume el de nosotros los cristianos. Por lo tanto, ella sigue defendiendo, con su oración y ejemplo la vida, como Madre de Cristo y de la Iglesia, familia de Dios. Así cada núcleo familiar que la invoca, en el derecho a la vida desde el embarazo, en la eutanasia, en la defensa de los derechos humanos, experimenta su protección maternal e intercesión incesante desde el cielo.

La B.V. María Divina Pastora, con el Niño en sus brazos, nos guía en la defensa de la vida por nacer, y de la vida de los que arriesgan sus vidas para servir a Cristo en las familias en el mundo. La Encarnación del Verbo hace de María su mayor promotora espiritual, litúrgico y pastoral, a la espera de la llegada del Señor.

¡Divina Pastora, Reina y Madre de la familia ruega por nosotros!


6. Día de la Novena de Navidad

Martes 21 de diciembre

Lecturas:
Ct 2, 8. Levántate amada mía, hermosa mía y ven.
Salmo 32. Demos gracias a Dios, al son del arpa.
Lc 1, 39-45. Bendita tu entre las mujeres.
Oh, Divina Pastora, reina y madre de la familia emigrante y dividida, ¡Reúnenos a todos!

El Cantar de los Cantares nos presenta la amada en búsqueda del amado, que se embellece en el amor dado y recibido. La Iglesia se adorna del camino de la búsqueda del amor como la manera mas esplendorosa y fuerte que experimenta en su ser esposa, así como Israel lo hizo a la espera del Mesías:
“Aleluya, Llegó la boda del Cordero, su esposa se ha embellecido. Aleluya.”, (cf. Ap 19, 7), como pueblo de Dios cantando con alegría y “dando gracias a Dios al son del arpa, …, porque en el Señor esta nuestra esperanza”, nos dice hoy el salmo treinta y dos. La búsqueda del amor en la esperanza es propia de la celebración de adviento y de la novena de Navidad. El que canta ora dos veces, es una espera en oración contemplando el misterio que se acerca a su advenimiento.
María se desplaza presurosa para visitar a su prima Santa Isabel embarazada. Es la premura del deseo de compartir la alegría mesiánica con su prima a la espera también. El camino de María hacia la casa de Isabel es expresión espiritual de la pastoral de atención a los familiares lejanos en sus necesidades espirituales y materiales, camino migratorio que luego ella misma con José y el Nino, vivió huyendo a Egipto emigrando por temor a Herodes. Frente a esta realidad María experimenta el consuelo de Dios por quien somos consolados para poder consolar. Su consuelo llega al corazón de quien la invoca en la estrechez, en la experiencia del dolor de dejar su propio hogar, forzadamente o por necesidad, el desarraigo, las divisiones, el abandono.
María ha experimentado en su vida el desplazamiento entre Jerusalén, Belén, Nazaret, Egipto, luego siguiendo a su Hijo en Galilea hasta llegar al culmen de su camino peregrinación en el mundo subiendo a Jerusalén para el encuentro final. Es el camino hacia la cruz redentora que reúne los hijos dispersos de Israel.
El vacío del destierro acompañado por un sentimiento de frustración personal, familiar y social sólo puede encontrar sentido en la interioridad del ser que se llena de la luz espiritual del consuelo divino más allá de las promesas de un mejor futuro. Esto nos da las fuerzas para no dejarse vencer por las dificultades y, aun no del todo conscientes de que estamos cercanos a Cristo en esos momentos, podemos recibir la experiencia maternal del amor filial y fraternal que resplandece desde la oscuridad del tiempo y de la memoria de los recuerdos y afectos que todos tenemos por dentro, así como lo vivió la sagrada familia de Nazaret.
Es un movimiento del Espíritu que nos impulsa, nos fortalece en la experiencia de la migración, del desplazamiento desde una certeza de presencia interior que guía nuestros pasos hacia lo desconocido. En estas circunstancias difíciles tenemos la oportunidad de poder valorar el bien y el mal en nuestras vidas y decisiones acerca de nuestro futuro y de cómo alcanzar la felicidad verdadera en Cristo con María. Y la devoción mariana cristiana nos acerca a este proceso de consuelo interior.
La migración, así como lo vivieron María José y el Nino en Egipto, es por lo tanto una realidad social, cultural, económica y espiritual, que puede producir ilusiones y desengaños, éxitos y frustraciones, riqueza, pobreza, pero lo que sufre siempre es el núcleo familiar que queda dividido en la comunión de sus miembros, en especial cuando son papás que dejan la casa para ser sostén de hogar o las madres se alejan buscando mejores recursos para sus hijos.
Por esto la atención espiritual y pastoral de la Iglesia se solidariza con esta realidad humana que toca, conmociona, hiere y duele en muchos hogares. Dios no se queda insensible, su propio Hijo fue migrante con María y José. La Iglesia de Cristo es peregrinante en el mundo y por eso no deja de compartir, cooperar con los migrantes del mundo entero, con el consuelo del Espíritu Santo y con María Divina Pastora, madre de toda consolación espiritual de las ovejas dispersas que andan por el mundo. Invóquenosla con confianza.

¡Divina Pastora, Reina y Madre de la familia ruega por nosotros!


7. Día de la Novena de Navidad

Miércoles 22 de diciembre

Lecturas:
1 Sam 1, 24-28. Y adoraron al Senor.
Salmo 1 Sam 2. Mi corazón se alegra en Dios, mi salvador.
Lc 1, 46-56. Mi alma glorifica al Señor.
Oh, Divina Pastora, reina y madre de las familias que sufren y de sus enfermos, ¡Se tu nuestro consuelo!

Ana presenta al pequeño Samuel su hijo, a pesar de una ancianidad estéril y lo ofrece al Señor, para que este a su servicio. No le pertenece, es un regalo de Dios y al se le devuelve. Por eso anticipando el cantico del Magníficat, Ana proclama la obra del Señor en su vida con esa misma alegría mesiánica que toca el corazón de María. También el pueblo de Israel comparte esos sentimientos espirituales de gozo maternal a la espera de los acontecimientos que Dios tenía preparado y que iban marcando el camino de la historia de salvación en la medida que se iban dando.
El sufrimiento de Ana se transforma en gozo, la humillación de María se llena de alegría al ver el obrar de Dios en sus vidas. Esto nos ensena a vivir el día a día de los acontecimientos de nuestro caminar a la luz d ela experiencia orante, alabando, glorificando al Señor porque se ha fijado en la humildad de su esclava.
María heredera de las promesas que se cumplen delante de sus propios ojos, experimenta la transformación del dolor, del sufrimiento humano personal y de todo su pueblo, en la alegría de la celebración de la acción poderosa de la misericordia justa y verdadera de Dios, que compensa a los humildes y los elevas mientras que a los soberbios de corazón los humillas en sus propias intrigas y derrotas a causa de su maldad y egoísmo.
Es el triunfo del amor eucarístico de comunión y reconciliación que Dios nos ha regalado en Cristo Jesús y María mujer eucarística celebra con toda la Iglesia. El cantico de María es signo de liberación y de restauración plena del amor divino a del hombre víctima del mal y de los malos.
La presencia de María a lo largo de la vida de nuestro Señor Jesucristo, en la comunidad naciente y luego desde el cielo, glorificada, no sólo es fuente de consuelo, sino ejemplo e intercesión. Ella vivió en
su carne maternal los sufrimientos de Cristo, quedando totalmente asociada al misterio de la cruz (cf. Jn 19,25-27). Y por el espíritu exhalado en el momento de su muerte (cf. Jn 19,30), queda definitivamente unida en la obra de la salvación: “Y a ti misma una espada te atravesará el alma, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”, (cf. Lc 2,35). El dolor cuando se une al acto de fe tiene un efecto sanador y liberador en Cristo, con Cristo y por Cristo.
María con el discípulo amado y las mujeres nos indica el valor asociativo de la comunidad de fe que acompaña el sufrimiento de Cristo en la cruz y su muerte, y la importancia de la Iglesia fiel que es acompañada por Cristo en sus dolores y sufrimientos y aprende a orar en el sufrimiento a causa del pecado y del mal. El demonio, el pecado, el sufrimiento, la muerte quedan expulsados de la humanidad herida y traspasadas en las heridas de Cristo.
La Iglesia familia de Dios es entonces el crisol de todas las familias humanas que sufren y participan con sus enfermedades al misterio de redención de Cristo, y cuando los ofrecen en sacrificio espiritual cooperan con la voluntad divina, (cf. Col 1, 24; 1 Cor 3, 9; 1 Ts 3, 2).
Es importante para los cristianos, imitando a María, madre del Buen Pastor, que da su vida por sus ovejas, ver y valorar la situación de precariedad de muchas familias sumergidas en la miseria, las enfermedades, y la importancia de que en nombre de Cristo tengamos una conducta fraternal para que a todos le podamos brindar con la alegría de Cristo un momento de la caridad, de la esperanza y de la fe que Cristo nos regala. María así lo experimentó en su ser familia con José en presencia de Jesús y lo sigue impulsando en nuestros corazones ávidos de amor.
Es un movimiento del Espíritu Santo consolador, de corazón a corazón, movimiento interior que promueve el sangramiento compasivo del amor gratuito, generoso y abundante a favor del hermano que sufre y que sana las heridas. La experiencia de la pandemia es una purificación de las intenciones de muchos corazones. Así podremos descubrir que todo enfermo es hijo y hermano en Cristo y abrirnos al otro, aunque sea un desconocido.
La Divina Pastora con su callado pastoril nos cuida entre sus brazos maternales y nos amamanta con su leche espiritual de madre misericordiosa y llena de gratitud por las cosas maravillosas que el Señor ha realizado y continúa realizando entre nosotros.

¡Divina Pastora, Reina y Madre de la familia ruega por nosotros!


8. Día de la Novena de Navidad

Jueves 23 de diciembre

Lecturas:
Ml 3, 1-4.23-24. He aquí que envío mi mensajero.
Salmo 24. Descúbrenos, Señor, al Salvador.
Lc 1, 57-66. Juan es su nombre.
Oh, Divina Pastora, reina y madre de la familia excluida y marginada, ¡Intercede por nosotros!

Malaquías anuncia el envío del profeta Elías antes de que llegue el día del Señor y reconciliar los padres con los hijos como signo de restauración de la alianza de Dios con su pueblo. El salmista pide y suplica: “Descúbrenos, Señor, al Salvador” para poder conocer los caminos que conducen a la salvación, para ser guiar por la senda recta a los humildes y descubrir los pobres por donde andar y no tropezar. La plenitud de los tiempos es el signo que acompaña la llegada del Mesías nacido de mujer…, bajo la ley… (cf. Gal 4,4). El nacimiento de Juan el Bautista es el signo del precursor que abre el camino allanad los caminos dice la Palabra (cf. Is 57,14). Si la esterilidad de Isabel y la frustración senil de Zacarias no se hubiesen superado con el evento de la concepción en ancianidad, signo de la historia de salvación en pleno acontecimiento, hubiera sido imposible descifrar y comprender qué era lo que Dios estaba realizando en esa familia judía de Isabel y Zacarías, en sintonía con el misterio de la Encarnación que se estaba dando en Nazaret con María y José.

Además, la mudez de Zacarias a causa de su falta de fe cuando se le apareció el Ángel para anunciarle lo de su hijo, desemboca en el signo de la recuperación del habla que el mismo recibe luego del nacimiento de su hijo y de la imposición del nombre en su circuncisión. Se cumple la ley, pero Dios manifiesta su presencia en lo extraordinario de los acontecimientos que marcan la vida de Juan el Bautista desde el comienzo y es causa de asombro y alegría. Es la preparación de la plenitud de ellos tiempos. Por un lado, el don de la fecundidad fuera del tiempo natural y por el otro lado la maternidad virginal de María con la paternidad en castidad de José. Ambas situaciones de expectación y realización venían a alegrar el corazón de dos familias creyentes a la espera de encontrar una respuesta segura a su fe en las promesas.

Si fueron por un tiempo dos familias que vivieron al margen de la realización de sus proyectos personales; y pudieron experimentar un sentimiento de exclusión y limitación; luego se llenan de la presencia del Espíritu y glorifican al Señor por ello y es motivo de maravilla para todos (cf. Lc 1,66). La familia de José y de María tuvo que superar muchas dificultades que le hicieron vivir situaciones de exclusión como por ejemplo en Belén en la búsqueda de una posada y en Egipto cuando huyeron allá para salvar al niño. María luego sola enfrentó el escándalo de la cruz.

El evangelio nos invita a vivir la fe, la esperanza y el amor como camino de la realización de las promesas de Cristo, a pesar de la circunstancias hostiles que afectan la realidad de la familia cristiana en el mundo. El mal sigue acechando la familia.

La situación de muchos hogares está frustrada y empobrecida, inclusive en su valor moral y social constitutivo, que en este tiempo busca redefinir el concepto y la realidad misma de la familia, así como Dios lo ha determinado. Se pudiera decir que la familia corre el riesgo de quedar excluida y marginada de su misma originalidad creativa y procreadora, además de quedar excluida de todos los beneficios económicos, sociales, educativos, culturales y espirituales que le corresponden.

También las familias en situaciones especiales como el divorcio, la separación, la paternidad irresponsable, las madres solteras, entre otros, pueden estar viviendo en condición de marginalidad de la atención familiar pastoral.

La exclusión y la marginación de muchas familias en la historia de salvación siempre han sido frutos de una falta de comunión, participación y misión cuya ausencia produce esterilidad espiritual y perdida de testimonio. la Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios y por eso María, Divina Pastora, es reina y madre de misericordia, y ella nos educa en ese amor misericordioso con su mirada y dulzura, así como la realizaba con Jesús su Hijo, ahora lo vive con nosotros que le seguimos a él. Es el tiempo de la misericordia.

¡Divina Pastora, Reina y Madre de la familia ruega por nosotros!


9. Día de la Novena de Navidad

Viernes 24 de diciembre

Lecturas:
2 Sam 7, 1-5. 8b-12. 14ª. 16. El reino de David permanecerá para siempre.
Sal 88. Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor.
Lc 1, 67-79. Bendito sea el Señor, Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo.
Oh, Divina Pastora, reina y madre de la familia en la atención pastoral, ¡Acógenos entre tus brazos!

La promesa se ha cumplido: el reino de David permanecerá para siempre y llega a su cumplimiento de generación en generación y su realización en la plenitud de los tiempos. Por esto se proclama sin cesar la misericordia del Señor porque su fidelidad es eterna. Solo Dios pudo inspirar estas palabras que siempre nos fortalecen en la espera del nacimiento del Niño Dios y a la espera de la segunda venida del Señor. Es por esto por lo que podemos contemplar al autor principal que se hace presente y que actúa en la historia de la salvación: es el Espíritu Santo enviado por el Padre y el Hijo.

Los textos evangélicos lo mencionan en cada paso desde el anuncio del Ángel a María en la Encarnación (cf. Lc 1, 25), y el anuncio a Zacarias de que su mujer dará a luz a un hijo, que estará lleno del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 15), y cuando ya María estando embarazada después de que visitó y acompañó a Isabel su prima antes de nacer y en el nacimiento de su hijo, también la misma Isabel quedó llena del Espíritu Santo. Si con la Visitacion celebramos María discípula y misionera de la Palabra encarnada, también podemos decir que ella es la portadora del Espíritu que luego se hace presente en Pentecostés. Zacarias lleno del Espíritu Santo, profetiza diciendo:” Bendito sea el Señor, Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo..

Entonces el ambiente familiar envuelve la acción del Espíritu y es en ella que se hace presente y visiblemente invisible. Es el misterio del amor familiar que Él inspira, para realizar las promesas dirigidas a toda persona de buena voluntad. El himno de Zacarias celebra esta relación espiritual que se suscita en él (cf. Lc 1,67), que lo impulsa a profetizar sobre el destino de su hijo Juan el Bautista, en relación con la misión que iba a desarrollar al preparar el camino de salvación con la llegada del Mesías.

Es una acción profética cuyo ambiente de realización es la nueva familia mesiánica que se inaugura con Jesús y su santa familia, modelo de toda la Iglesia Familia de Dios.

Jesús el Buen Pastor desde el vientre de María, su madre, se hace presente unido al Espíritu Santo con la acción pastoral que es propia de la Iglesia misionera, inaugurando la pastoralidad de la familia, con el profetismo conyugal matrimonial y familiar en comunión y participación. El matrimonio tiene unas características fundamentales que son la fuente original del amor conyugal donde se procrean los hijos y donde se genera al mismo tiempo el amor a Dios y el amor familiar.

San Pablo describe la realidad del amor en la convivencia conyugal y familiar: “El amor es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia, no hace alarde, no es arrogante, no obra con dureza, no busca su propio interés, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”, (cf. 1 Co 13,4-7).

Sin estos elementos del actuar humano y cristiano promovidos por la acción del Espíritu y la respuesta de la persona; la vitalidad de la pareja mengua, se debilita, y se va enfriando el propósito principal: “Olvidaste el amor primero” (cf. Ap 2,4). Al igual, la comunión, participación y misión como esposos y núcleo familiar en la iglesia, se reduce al mínimo o se va olvidando progresivamente y la familia entra en la crisis de fe, esperanza y caridad, crisis que la empobrece y la limita.

Frente a la realidad compleja y honda que atraviesa la familia en el mundo presente, la Iglesia se ha preocupado en buscar caminos de realización actualizada para ayudar a recuperar la vitalidad de la familia en Cristo, núcleo evangelizador que anuncia y proclama la grandeza del Señor en nuestras vidas.

El año dedicado a la familia con el ejemplo de José, María y el Nino, Es necesario rescatar la situación de las familias en el mundo actual, ampliar nuestra mirada y reavivar nuestra conciencia sobre la importancia del matrimonio y la familia.

Que la Divina Pastora que nos ha acompañado en este recorrido celebrativo de la Novena de Navidad con las Misas de aguinaldo, nos conceda redescubrir la espiritualidad de la Familia de Nazaret, fuente y motivación de alegría en el servicio, prontitud en la respuesta y fortaleza en las dificultades de todas nuestras familias.

¡Divina Pastora, Reina y Madre de la familia ruega por nosotros!